
Cuerpos
de barro.
El tuyo. El mío.
Obras de lluvia y de sol.
Voluntades amanuenses de un niño ciego.
Trémula la carne,
entre flores y canciones,
a su nombre
dibujamos crepúsculos y mares:
porque queremos volar,
porque queremos hundirnos...
Pero no nos salvan las horas.
Cada crepúsculo es un torbellino de dudas,
cada verso un laberinto del deseo.
Y un día nos descubriremos
como nubes en la tela
de las realidades furtivas.
Un día
querremos resguardar a toda prisa
los colores, las horas, el aliento.
Y un día
tropezaremos con el tiempo tendido
sobre la rama de un árbol seco.
Porque allá, desde siempre,
donde la noche trama sus milagros,
allá tienen sed y tienen hambre
las pupilas, las manos, los labios...